Cosas del poder
Por: Juan Fernando Pachón Botero
fernando pachón
@JuanFernandoPa5

Un hombre agitado y empapado en sudor, que exhibe sus carnes trémulas y rasgadas, yace sobre la arena ardiente, aprestándose a escuchar la fatal sentencia. Sobre su humanidad abatida se posa el vencedor, aún jadeante, empuñando su espada bañada en sangre, atento para dar la estocada final. En el rostro de aquel hombre en restos, sometido en franca lid, se dibuja el rictus del terror, del dolor que emerge desde el alma, del último ahogo. El público, que luce exaltado por aquella orgía animal, clama por la cabeza del vencido.

Una atmósfera enrarecida se apodera del coliseo romano. Todas las miradas se dirigen al emperador, quien solo tiene que agachar su dedo pulgar para dictaminar el fatídico decreto. En caso contrario, el perdedor será indultado, fruto exclusivo de un fugaz arrebato de misericordia del César. Es así como el destino de aquel gladiador caído en desgracia pende de un hilo muy fino. Este escenario, representado hasta la saciedad por Hollywood en sus películas épicas, es la mejor manera de entender el verdadero significado de esa ilustre y seductora palabra que tanto nos inquieta, y en algunas ocasiones nos agobia: poder.
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Pan y circo para el pueblo

Ya lo advertía el empresario y filántropo alemán Oskar Schindler en sus recurrentes disertaciones sobre el poder con el despreciable comandante Nazi, Amon Goeth, cuya manera de disipar el aburrimiento en esos días largos consistía en afinar su puntería desde el balcón de su habitación, disparándole en la cabeza a los desprevenidos judíos que caminasen por el frente suyo, y quien se jactaba de la supremacía absoluta de la raza aria por sobre el pueblo Judío, justamente por eso, por ser dueños de esa maligna capacidad de disponer de sus vidas a su antojo, con la misma ligereza con la que se decreta la suerte de una incómoda mosca que sobrevuela un plato de comida. En alguna ocasión, Schindler le replicaba a Goeth, argumentándole que el verdadero poder radica en tener la potestad de matar a alguien y abstenerse de hacerlo. Su interlocutor, aquel infausto militante del partido nacionalsocialista, nunca pudo comprender la lógica del asunto.
A lo largo de la historia, el poder se ha manifestado de diferentes y extrañas maneras, pero siempre ha existido un común denominador en donde convergen todos los caminos: ese halo ennegrecido que se cierne a su paso. A menudo se dice que el poder corrompe, pero no deja de ser una simple frase del día a día. Sin embargo, examinando con cuidado sus andadas a través del tiempo, es menester suscribirse a dicha aseveración, en ningún caso temeraria, pues a los hechos me remito. Desde los gobernantes asirios, los faraones egipcios o los líderes cartagineses; pasando por los príncipes carolingios, las monarquías francesas o los zares rusos; hasta llegar a nuestras democracias capitalistas, autocracias comunistas o tiranías socialistas; siempre ha existido una causa común a todos ellos: ese afán enfermizo por anclarse en el poder, por atornillarse a sus sillas imperiales, por perpetuarse en sus mandatos, valiéndose de toda suerte de conspiraciones, guerras e intrigas. Y ni siquiera la sacra historia de la iglesia católica se ha librado de su oscura sombra, para no ir más lejos.
El gran general Cartaginés del siglo III A.C, Aníbal Barca, cruzó los Alpes al mando de cientos de tropas de soldados a puro lomo de elefante, imbuido en su honda ambición por conquistar a Roma, para así hacerse con el control del mediterráneo, clave en la lucha por la supremacía del mundo antiguo. Napoleón se internó en las extensas y frías estepas rusas, enceguecido por su insaciable sed de apoderarse de toda Europa. Hitler, emulando al pequeño corso, también se adentró en las gélidas llanuras soviéticas, con la esperanza de convertirse en el amo y señor de aquellos vastos territorios. A ambos tiranos, esa pequeña gracia les costó la posterior derrota que marcaría el ocaso de sus imperios absolutistas. Gengis Kan, el déspota conquistador mongol del siglo XIII, no se dejó doblegar ante la imponencia de la gran muralla china, y con más de trescientos mil guerreros a sus órdenes, derrotó a los chinos a domicilio. Los trescientos valientes espartanos en la archicomentada batalla de Termopilas, con su rey Leonidas a la cabeza, fueron capaces de contener por varios días a los más de doscientos mil persas, acaudillados por Jerjes I, con el único objetivo de retrasar el ataque invasor, regalándole un tiempo valioso a los griegos para que así pudiesen preparar de la mejor manera la decisiva batalla, que a la postre les otorgaría el triunfo definitivo. Y así, podría evocar cientos de gestas y hazañas heroicas que dan fe de lo que el poder embriagante ocasiona en el espíritu de los hombres, que se lanzan en la búsqueda enfurecida de ese dulce néctar: aquella sensación inatajable de grandeza y suficiencia que tanto nos cuesta gobernar.
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Aníbal surcando los Alpes: la epopeya por antonomasia

Nicolás Maquiavelo, escritor, libre pensador y estadista florentino del siglo XVI, estaba obsesionado con la naturaleza siniestra y pragmática de César Borgia, hijo del papa no menos manso, Alejandro VI. Fue tanto su interés por el personaje en cuestión, que hasta se inspiró en sus truculentas tácticas políticas para desarrollar su obra más célebre: “El Príncipe”. Allí consigna los métodos tan audaces como pérfidos, de los que César se valió para mantenerse atado al poder. Conjuras de pasillo, falacias, asesinatos y todo un repertorio de crímenes palaciegos estuvieron siempre a la orden del día, con el único fin de llevar a cabo sus planes más íntimos: mantener el apellido Borgia en la cúspide de la Italia renacentista. Pero más allá de las peripecias non sanctas del infame valenciano, vale destacar la idea central del libro, que se resume en una elegante frase de batalla: “El fin justifica los medios”, la cual ha sido utilizada de manera descarada y sistemática por un gran número de inescrupulosos e indolentes líderes de todos los talantes, que ha parido la humanidad desde años inmemoriales, para adjudicarse el derecho, cual patente de corso, de cometer toda clase de fechorías y depravaciones, en medio de la más desleal e insana competencia.
En este mismo contexto podemos abordar la problemática actual en torno a los recientes hechos que comprometen seriamente al gobierno venezolano, en cabeza de su remedo de presidente, Nicolás Maduro, yendo en detrimento de nuestros coterráneos asentados en la frontera colombo-venezolana, quienes tampoco han recibido el respaldo suficiente de su pasivo e incompetente presidente, Juan Manuel Santos. Este desaguisado de dimensiones bíblicas quizás puede ser el mejor ejemplo de lo que no es poder. Aquí lo más cómodo es “agachar el dedo” para dictaminar una sentencia facilista, expulsando sin el menor pudor a millares de colombianos, simplemente por sospechas infundadas, y tal vez con el único propósito de crear una cortina de humo muy conveniente, que ayude a desviar el foco de atención de los verdaderos problemas de fondo. No quisiera detenerme en este asunto tan bochornoso, pero ojalá sirva de espejo a las generaciones venideras para que aprendan sobre lo que no se debe hacer cuando se está en la cresta del poder.
Tal vez sea nuestra propia condición, la que nos invita a sucumbir ante su brillo hipnotizante. Los gobiernos de nuestras sociedades se fundan, con muy contadas excepciones, sobre una base de mentiras preconcebidas, falsas promesas y expectativas fallidas. A veces me pregunto si nuestra naturaleza humana es realmente inmune a las esquirlas que el poder va dejando a su paso. Observo con mucho pesar e impotencia cómo nuestros máximos jerarcas, en todas las ramas de la sociedad, adolecen de una marcada incapacidad para administrar de buena manera la posición privilegiada en la que se encuentran, limitándose, de manera insulsa y vulgar, a bucear tontamente en sus propias vanidades. Pero aquí no paran las malas noticias, pues dicho modus operandi, a todas luces aberrante y torpe, se ha vuelto tan reiterativo que hasta ya forma parte de nuestro paisaje cotidiano, lo que conduce a una peligrosa distorsión de los valores que han de modelar el arquetipo del líder moderno, privando a nuestros hijos de los gobiernos justos y sensatos que se merecen, al mejor estilo de los universos distópicos de las novelas Orwellianas (“1984”, “Rebelión en la granja”). Ojalá esta mirada pesimista sea eclipsada por el brote de una nueva conciencia, que ayude a liberarnos de las ataduras que nos impone el actual sistema, decididamente anárquico, hostil y alienante.
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Joseph Blatter, el padrino de la institución más corrupta: La FIFA

La mejor y más cruda radiografía sobre la cara más tenebrosa del poder se puede apreciar en toda su dimensión en la serie norteamericana House of Cards, donde el espectador es testigo del vertiginoso ascenso de la carrera política de un hombre astuto y desalmado, cuyo pragmatismo diabólico es puesto al servicio de sus propios intereses, arrasando con todo aquel que ose cruzársele en su camino. Pero más allá del siniestro rostro del poder, que allí se muestra explicito, en toda su desnudez, que sea ésta la excusa perfecta para sumergirse en sus turbias aguas, tratando de develar ese antiquísimo secreto que se esconde bajo sus profundidades. O tal vez la respuesta a tamaño interrogante haya que buscarla, más bien, en los sinuosos laberintos de nuestra conciencia, que, al final de las cuentas, es la entidad que rige nuestras conductas más sombrías. Y quizás llegué el memorable día, acaso, en que podamos hacer uso efectivo de ese presuntuoso título que ostentamos desde años ha (ser la única especie inteligente del planeta), emancipándonos, de una buena vez, de esa malsana soberanía que, a manera de tentáculos invisibles e infinitos, nos arrebata el juicio, nos secuestra la razón, nos exhorta a la impiedad, nos ciega la voluntad, nos oprime cada centímetro de nuestro ser.
Luego de terminado este breve análisis no podemos entrar en confusiones, cayendo en juicios apresurados. El poder en sí es bueno, es la herramienta más loable y transparente que tienen las sociedades para fortalecerse desde sus bases. Los malos, en cambio, son los hombres necios que aspiran a su trono, alimentados por la soberbia y la estupidez, son los pueblos sumisos que se dejan subyugar sin oponer digna resistencia, son las masas crédulas que no agudizan sus sentidos para evitar que aquellos lobos disfrazados de ovejas asciendan a la máxima distinción. En este sentido, debemos aprender a sacar lo mejor que nos ofrece el ejercicio del poder: identificar sus vicios y desecharlos, extraer sus virtudes y glorificarlas, pues no todo lo que encierra su significado se puede examinar bajo un mismo matiz. Así pues, está el poder de la naturaleza, que no es dictatorial, en cambio sí, supremo. Es un poder no negociable. Sus leyes no se discuten y su grandeza está por encima de la arrogancia de los hombres. Solo está allí, imperturbable, sublime y sereno. Y de pronto, casi de la nada, se lanza como una tromba irrefrenable, obedeciendo a un rigor desconocido por nosotros. También está el poder divino, que es intrínseco a la moral edificada por nuestra especie. Es un poder etéreo, en muchos casos inventado por los hombres y para los hombres. Solo se hace tangible desde nuestra percepción de un ser superior. Es una fuerza ajena a nuestro entendimiento, y de no mediar el sentido común se puede desbordar hacia la vacuidad de la razón. Luego están los poderes fácticos (la banca, la prensa, la curia, la milicia,…), que, no siendo oficiales, nos acechan constantemente. Es tal su relevancia que, en determinadas circunstancias, dictan nuestro destino, ejerciendo un totalitarismo más tóxico que el de los poderes tradicionales. Su influencia en nuestras vidas es inversamente proporcional a nuestra capacidad de discernimiento. Tampoco se nos puede olvidar el poder invisible (la masonería), que gobierna bajo las sombras. Es un poder oscurantista, sutil, frío. Desde tiempos ancestrales mueve los hilos del mundo a su libre albedrío, determina el curso de la historia, estimula a los pueblos a transgredir las normas establecidas, invitándolos a la revolución, misma que habrá de ampliar su velada jurisdicción sobre los pueblos. Y no quisiera dejar de lado los poderes en apariencia imperceptibles, menos arbitrarios y más poéticos: el poder de las palabras, el poder del amor, el poder de la mente, el poder de las cosas simples, el poder de la imaginación,… En fin, alguno se me habrá quedado extraviado en la memoria. No obstante, luego de explorar sus farragosos dominios, la extraña ambigüedad que oculta tras de sí, la revela de magistral manera el teórico social y filósofo francés Michel Foucault, quien alguna vez expreso: “El poder se encuentra en todos los sitios…porque no proviene de ningún sitio”.
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La fuerza de la naturaleza mostrándonos toda nuestra pequeñez