El agua inunda Wall Street
Por: Juan Fernando Pachón Botero

@elmagopoeta

Sin ánimo de exagerar, la especie humana va camino al despeñadero y está muy próxima a graduarse en estupidez y arrogancia, con todos los honores y las más altas calificaciones, dadas sus más recientes travesuras: cambio climático, contaminación del aire, sobrepoblación, carrera armamentística, amplia brecha entre ricos y pobres, extinción paulatina de especies animales y vegetales, inequidad social.

Y la cereza del pastel: el agua como moneda de cambio, pues ya se cotiza en el mercado de futuros de materias primas de Wall Street, a todas luces un título eufemístico, adobado con un discurso elegante y artificioso, el cual invoca una “gestión inteligente de las reservas hídricas del planeta en aras de su conservación”. ¡Bah!. Vagas promesas que se las habrá de llevar el viento como a las hojas de otoño. Y si aún se atreve a dudar acerca de la avaricia malsana disfrazada de elevado altruismo, lo invito, querido lector, a que eche un vistazo hacia el Medio Oriente, región donde el petróleo, lejos de ser visto como un regalo de la naturaleza, la piedra angular de su progreso, ha representado una pesada cruz para el ciudadano promedio, su peor desgracia, dada la avidez de las naciones imperialistas por el oro negro que yace bajo sus tierras; rapacidad que desemboca en una espiral irrefrenable de violencia, en una feroz disputa a sangre y fuego, alimentada a diario por el odio visceral que se profesan árabes y judíos de las alas más radicales, mientras el Gran Usurpador venido de tierras lejanas, en complicidad con los jeques locales, se reparte el botín a manos llenas, de la manera más descarnada y obscena. ¿Será que ahora le corresponde el turno a América Latina de tributar sus exuberantes fuentes de agua en favor del “amigable” invasor extranjero?

Sí. Ya sé. Quizás estoy armando una tormenta en un vaso de agua, si se me permite el término, quizás esté exagerando y mis temores no tengan asidero alguno, pero ya todos sabemos de qué manera actúan los países del Primer Mundo y cómo terminan sus aventuras filantrópicas. O sino pregúntenle a los habitantes de la República Democrática del Congo cómo les fue a sus bisabuelos con el diabólico régimen esclavista implantado por las huestes del rey Leopoldo II de Bélgica, en pleno auge de la fiebre del caucho de finales del siglo XIX. Por el momento, este asunto del agua no pasa de ser una noticia curiosa y hay quienes dicen que sólo se trata de una transacción simbólica y que no hay mucho de qué preocuparse, que sólo es una más entre tantas teorías conspiranoicas, que no hagamos tanta alharaca, que dejemos de joder, pero no ha de pasar mucho tiempo para que se escale de los términos rimbombantes y las complejas tesis económicas a los hechos concretos, al vil pillaje: gajes del capitalismo moderno.

Hace años atrás llegó a mis manos un maravilloso libro de investigación periodística, escrito por la afilada pluma de Germán Castro Caycedo: Nuestra guerra ajena. En dicha obra, el avezado cronista expone en varios de sus capítulos, respaldado de sólidos argumentos, una serie de evidencias muy bien documentadas en torno al acuífero tesoro que ha hallado en nuestras exóticas cuencas y selvas la primera potencia del orbe, quien ha sabido disimular sus maquiavélicos intereses valiéndose de su caballo de Troya made in USA: el Plan Colombia (ahora rebautizado Paz Colombia), en nombre de una muy conveniente y sospechosa “guerra contra las drogas”. Debo reconocer que en su momento no le presté mayor importancia a tal denuncia e hice caso omiso a lo que el libro señala. Pero visto lo visto en un año loco como ninguno, todo parece tener mucho sentido.

Las distopías más recurrentes, tipo Mad Max, giran en torno a la escasez del agua en las sociedades del siglo XXI. Incluso, los posibles escenarios de una hipotética Tercera Guerra Mundial se sustentan en la idea de una lucha denodada por la hegemonía sobre el preciado líquido. En este sentido, las últimas noticias no dejan de ser inquietantes. Ya se ha abierto una puerta tan grande como la del Taj Mahal y no parece haber marcha atrás: el agua como símbolo de poder. Ni los faraones del Antiguo Egipto, con sus ínfulas de dioses que todo lo sabían y todo lo podían, se atrevieron a tanto, pues siempre tuvieron presente que el río Nilo, signo de su grandeza y proverbial misticismo, era un bien supremo, de todos y para todos, respetando así la autonomía de sus habitantes sobre éste. ¡Quizás por eso gobernaron durante más de veintisiete siglos! En cambio. no tuvo el mismo buen juicio el cruel dictador chileno Augusto Pinochet, quien a principios de la década de los ochenta, en un rapto de megalomanía desquiciada, privatizó los ríos de su país (mediante el Código de Aguas) en pro de su aparato de gobierno al servicio de sus más hondas ambiciones: un pequeño abrebocas de lo que nos podría deparar el futuro cercano. Así las cosas, ¿será que está próximo el día en que el agua deje de ser un derecho legítimo de todo ser humano, un bien natural y gratuito, y pase a ser un commodity, un producto especulativo, un artículo de lujo? La sola pregunta asusta.

A lo largo de la historia, aquellos pueblos que han logrado dominar la furia del agua, asentándose a orillas de caudalosos ríos y mares embravecidos, se han convertido en prósperas sociedades. Chinos, egipcios, fenicios, cartagineses y holandeses, por citar sólo unos cuantos ejemplos, han sacado el máximo provecho de sus condiciones marítimas y fluviales, y lo que en un principio se presentaba como una adversidad insalvable terminó siendo su gran bendición. La naturaleza es noble y sabia, muy a su manera, y bien sabe recompensar el buen uso que hacemos de ella; pero también se puede volver en nuestra contra, como una especie de boomerang justiciero, si la tratamos con saña y desdén. Y es justo ahora, en los albores del tercer milenio, y a pesar de los grandes avances tecnológicos, que la raza humana se ha percatado de sus malos manejos en lo que al agua atañe, más allá de sus evidentes malos manejos en muchas otras materias. Y en lo que a mí respecta, no veo con buenos ojos la solución que plantean los grandes inversores y los brokers de corbata a la moda, agazapados desde la comodidad de sus imponentes rascacielos, pues todos ellos forman parte del mismo sistema alcahuete, acaparador y despótico que sólo busca enriquecer sus arcas a costa de los recursos naturales de los países menos industrializados, ya sea en América Latina, en el África profunda o en el Sudeste Asiático, que, dicho sea de paso, tampoco han hecho bien su tarea ya sea por causas propias o ajenas, en el sentido de administrar eficientemente las riquezas que tienen a su haber. Así pues, estamos ante una encrucijada de difícil solución.

¿Acaso habrá de servir de algo esta pandemia que venimos padeciendo? ¿Será que se cumple aquello de que saldremos mejores y más fortalecidos, después de sobrellevar días difíciles y oscuros? ¿O acaso será que la codicia, la insensatez y la soberbia forman parte imborrable de nuestra conducta como especie? En fin, el tiempo dictará la sentencia. ¿Y qué sigue ahora, la pugna por el monopolio sobre el aire? ¿Se cobrará un impuesto por el derecho a respirar, por el verde de las montañas, por el azul de los mares? Con nosotros de por medio, todo es posible.