Aquellos viejos y buenos oficios


Por Juan Fernando Pachón Botero
@JuanFernandoPa5

La modernidad abarca una amplia gama de innovaciones científicas y avances sorprendentes, en aras de elevar la productividad laboral y empresarial, lo que propicia una mejora considerable en la calidad de vida de las nuevas generaciones. No obstante, ese mismo progreso ha ido sepultando muchos de los oficios que otrora fueron indispensables e insustituibles. Repasemos, pues, a modo de añoranza romántica en tono de elegía, algunas de las ocupaciones que han ido quedando a la vera del camino, rezagadas por las tecnologías emergentes, las herramientas digitales, la robótica aplicada y la inteligencia artificial.

No había mejor plan entre amigos que una tarde de cine, entregados al deleite de las pelis de moda. Desde el Semental Italiano y sus puños de acero hasta el austriaco de apellido impronunciable que parecía inmune a las balas, Hollywood siempre supo vender a sus héroes. Y nosotros, acostumbrados a los carritos de plástico, encantados consumíamos el cebo que nos mandaban. Entonces algún dios desocupado dijo: “Hágase el arrendador de videos”, para que saciáramos nuestra fiebre juvenil por las patadas voladoras y los ejércitos de un solo hombre. En los tiempos del VHS y el DVD, las videotiendas eran más que un simple establecimiento de alquiler; eran como un portal de los sueños, una ventana hacia mundos fantásticos. “Recomiéndeme la última de Van Damme o una bien sabrosa de miedo”, solíamos indicarle, embriagados de emoción, al videoman de turno, cinéfilo consumado, que se jactaba de haberse visto todas las de Chuck Norris y Bruce Willis. La sección de estrenos de acción era la más apetecida, siguiéndole la de comedia y luego la de terror. Las tediosas películas dramáticas se las dejábamos a los mayores, y las románticas, a las chicas de lágrima fácil. Pero la sección XXX, carátulas con exceso de piel, siempre se robaba nuestras miradas lujuriosas, inyectadas de morbo adolescente, en el amanecer de nuestros apetitos carnales. Entonces llegó el siglo XXI y la era dorada del streaming, y los fabulosos días de crispetas, multas y cintas rebobinadas murieron a manos de Netflix y compañía.

No hace mucho los parques públicos eran santuarios del ocio contemplativo y el arte de no hacer nada, cuyo aroma de barrio atraía a todos por igual. Príncipes y mendigos, apóstatas y creyentes, godos y liberales, todos ungidos en una misma fe, bajo el influjo de algún santo pagano. Uno de sus símbolos fundacionales era el fotógrafo profesional de parque, siempre acompañado de una vieja cámara analógica, su fiel escudera, casi una extensión de su alma. Dotados de la malicia que da la calle y la labia del vendedor, se daban sus mañas para captar la atención. No había mejor señuelo que un tierno pony o una llama de los Andes peruanos: dos o tres vueltas al parque y tenga su poncherazo por unas pocas monedas. En los días en que el Betamax era lo último en guarachas, los detalles marcaban la diferencia. Y el truco infalible era la paloma amaestrada en el hombro del niño. “¡¡¡Mire el pajarito!!!”, rugía el señor fotógrafo, tapando su cámara de cajón con una tela negra desteñida, ¡y zas! Se consumaba el acto de hechicería. Y si la paloma se cansaba o se acababa el maíz, entraba el telón con la playa, el avión de guerra, el tigre feroz. Al final, todos salían con el semblante iluminado: la familia con su foto para el recuerdo, el fotógrafo con unos pesitos de más en su alforja. Pero llegó el siglo XXI y el reinado de los teléfonos inteligentes, y entonces las instantáneas y los carismáticos fotoagüitas perdieron el pulso ante las selfies.

Una de las postales más emblemáticas del centro urbano colombiano, principalmente a fines de los noventa y principios de siglo, la encarnaba el vendedor de minutos, la quintaesencia del comerciante informal, sentado en su frágil banquita de plástico, cual si fuera un Pensador de Rodin criollo, ataviado de riñonera y gorra: una escultura macondiana de carne y hueso. Dueño y señor de las redes móviles 3G, ostentaba sus tres Nokia 1100 atados a una delgada cadena, portando su clásico chalequito multibolsillos de corresponsal acreditado, rodeado de ricas chucherías, ya fuera resguardado a la sombra de un modesto parasol o expuesto a los rigores de la intemperie, cuando la industria móvil, todavía incipiente, empezaba a forjar su propia historia en Colombia. La demanda era salvaje y dio a luz a uno de los emprendimientos más ingeniosos — y efímeros —, pues en el caos de la jungla de cemento un ciudadano suscrito a un plan pospago era poco menos que un animal exótico. Los celulares eran ladrillos con teclas; la infraestructura, una maraña de musgo; y los planes de bajo costo, criaturas de un solo ojo: la Edad de Piedra de las telecomunicaciones. De ahí el fugaz apogeo de este negocio, que ya reposa en el santoral de los oficios extintos. Pero llegó la primera década del siglo XXI y la guerra comercial entre operadores, y entonces el minuto a doscientos le dio paso a los planes ilimitados de $ 30.000.

En tiempos de antaño, las plazas solían ser amables puntos de encuentro, ancladas en el corazón de la ciudad, donde la gente se reunía para tomarse un tinto, oír misa o comprar baratijas. Entre sus huéspedes más ilustres estaba el embolador de planta: jovial, experto en las lides de la política local, fiel exponente de la sabiduría popular. Entre sus clientes más devotos se hallaban los ejecutivos de corbata y traje de Arturo Calle, que acudían a la cita inapelable dos o tres veces por semana, antes de iniciar labores. Algunos daban migas de pan a las palomas, arracimadas alrededor de la fuente, y una vez satisfecho su altruismo aviar se apoltronaban en los bancos de cemento a leer el periódico, inflamados de vanidad intelectual: pontífices tropicales en olor de herejía, aguardando la extremaunción del betún en sus sillas vaticanas, ávidos de lucir sus zapatos de cuero perfectamente encerados, tan relucientes como sus egos. La flor y nata de la sociedad se rendía ante la destreza quirúrgica del rey de la cera, el mago que con sus manos conjuraba la asimetría entre el amo y el servidor. Un poquito de brillo por aquí, otro tanto por acá, el cepillo de cerda que se blande con cadencia musical, hipnótica, el artista honrando su pequeño altar de madera, el aleteo final de la bayetilla, una sonrisa en signo de gratitud, y listo el señorito para la foto. Más allá de un asunto de imagen, aquello también era un rito de liberación espiritual, pues el lustrabotas oficiaba de consejero, psicólogo, confidente, consultor y hasta de boticario. Pero llegó el siglo XXI y el concepto de la indumentaria casual, y entonces las zapatillas deportivas inundaron el mercado, mandando al cuarto de San Alejo a los zapatos de charol y a los gerentes encorbatados.

Aún no caía el alba ni entonaban su canto los gallos, cuando ya estaba en pie de guerra, con su rostro recién lavado y su camisa de algodón rústico impecablemente planchada, el repartidor del periódico, sobrellevando en silencio el frío y el ayuno, embebido en su rutina de rezos, encomendando su suerte al Altísimo. Tenis Croydon de tela para los días calurosos. Botas de caucho para los días lluviosos. Mientras la ciudad dormía en calma, él velaba como el centinela de sus sueños, portando las buenas y las malas noticias que habrían de estremecer a la parroquia. Se vestía de Michael Jordan para lanzar el rotativo al antejardín o justo debajo de la puerta, con puntería casi circense.  No importaba la edad para ejercer tan loable labor: un anciano con su rostro marchito y su andar cansino o un impúber con la inocencia a cuestas y su mirada preñada de ilusión sincera. Ya fuera el viejo o el joven, atravesaba las calles desiertas en su caballito de acero: un quijote latinoamericano a lomo de su Rocinante. Y si no a pura infantería, como un peregrino del camino de Santiago. Solía ser una travesía de decenas de kilómetros, bajo una luna pálida que cedía lentamente su trono al sol, cuyos tímidos rayos asomaban cual advenimiento de una antigua deidad maya, señalando el camino del heraldo de madrugada. Pero llegó el siglo XXI y la era del silicio, y entonces el repartidor fue sustituido sin más por el algoritmo sofisticado, que nos permite conectarnos con la actualidad mundial a tan solo un clic de distancia.

Son muchas las profesiones que han sido devoradas a fuego lento, como el titán Cronos con sus hijos, arrojadas a las profundidades del mar del olvido. Algunas incluso se resisten a convertirse en cenizas —dinosaurios dando sus últimos coletazos—: la telefonista y su cálido tono de voz, el vendedor de tierra de capote, el de hielo, el de la leche cruda recién ordeñada, el proyeccionista de cine atrapado en sus rollos de 35 mm, el tranviario de aura bucólica, el zapatero remendón, el sastre envuelto en su metro, el talabartero y su arte ancestral, el chancero en su quiosco, el cartero, el paletero en su pintoresco carrito, el telegrafista y su pulso prodigioso, el amolador de cuchillos, la mecanógrafa, la plañidera y su llanto de mil pesos, el chepito con su maletín delator, la partera, el ascensorista. Vestigios de aquellos viejos y buenos oficios.