Aquellos viejos y buenos oficios

Por Juan Fernando Pachón Botero
@JuanFernandoPa5
La modernidad es un río por el que fluye el progreso; un caudal de innovaciones que habría hecho mirar al cielo a los sabios de algún ignoto lugar extraviado en el tiempo. Sin embargo, en su curso inexorable ha sepultado en el fango oficios que parecían ungidos de eternidad. Algunos yacen en el fondo; otros se aferran a las ramas, acechados por una vorágine sorda de dispositivos del tamaño de un grano de sal, selvas digitales y máquinas que componen sinfonías tan rápido como Mozart trazaba una corchea.

No había mejor plan que una tarde de cine entre amigos. Desde el Semental Italiano que corría por las calles de Filadelfia hasta el austriaco de apellido impronunciable que parecía inmune a las balas, Hollywood siempre supo vender a sus héroes. Y nosotros, tan proclives a cambiar oro por espejitos, nos rendíamos dichosos ante el invasor americano. Por obra y gracia de algún dios ochentero brotó de la tierra el arrendador de videos: el mesías del barrio que vino a salvarnos del aburrimiento para saciar nuestra voracidad por las patadas voladoras y los justicieros musculosos que nunca sudaban. “Recomiéndeme la última de Van Damme o una bien sabrosa de miedo”, le pedíamos al videoman de turno, un cinéfilo hecho en casa que se ufanaba de haberse visto todas las de Chuck Norris y Bruce Willis en 14 pulgadas. Mientras los adultos se relamían por los dramas estilizados y las chicas suspiraban por los romances de caballeros y doncellas, la jauría adolescente se abalanzaba sobre los estrenos de acción, a la vez que clavaba sus ojos lujuriosos en el pasillo prohibido cuyo exceso de piel incendiaba sus pasiones. Pero llegó el siglo XXI, el verbo maratonear se hizo carne, y entonces los fabulosos días de crispetas, multas y cintas rebobinadas murieron a manos de las pantallas con menú a domicilio… y a la carta.
No hace mucho, los parques públicos eran santuarios consagrados al arte de no hacer nada. Su atmósfera atraía a todos por igual—príncipes y mendigos, apóstatas y creyentes, godos y liberales—, fundidos bajo el influjo de algún santo pagano. Uno de sus personajes centrales era el fotógrafo, siempre acompañado de su vieja cámara analógica. Provisto de la malicia que da la calle y la labia del vendedor, se daba sus mañas para captar la atención. No había mejor señuelo que un pony o una llama: dos o tres vueltas al parque y tenga su poncherazo por unas cuantas monedas. En los días en que el Betamax era lo último en guarachas, el truco infalible era la paloma cómplice en el hombro del niño. “¡Mire el pajarito!”, rugía el señor de las fotos, tapando el artefacto con una tela negra desteñida, ¡y zas! El fogonazo del flash consumaba el acto de hechicería y atrapaba a toda la familia en un trozo de papel químico. Si el ave se cansaba, entraba en escena el telón con la playa caribeña, el avión de guerra o el tigre feroz para salvar de apuros al maestro de la luz capturada. Pero llegó el siglo XXI con su amor por los megapíxeles, y entonces la Polaroid perdió el pulso ante los teléfonos que pensaban.
En el amanecer del nuevo siglo, una de las postales más emblemáticas del centro urbano la encarnaba el vendedor de minutos. Sentado en su frágil banquita de plástico cual si fuera un Pensador de Rodin criollo con aura de escultura macondiana, exhibía con orgullo su riñonera y su gorra. Dueño y señor de las primeras redes móviles, ostentaba sus tres Nokia 1100 atados a una delgada cadena, mientras presumía con aire ceremonial su chalequito multibolsillos de corresponsal acreditado; ya fuera resguardado a la sombra de un parasol o expuesto a los rigores de la intemperie. La demanda era salvaje y dio a luz a un emprendimiento tan ingenioso como efímero, pues en aquel caos de la jungla de cemento un transeúnte con tarifa de cargo fijo era poco menos que un animal exótico. Los celulares eran ladrillos con teclas; la infraestructura, una maraña de musgo; y los planes de bajo costo, criaturas de un solo ojo: la Edad de Piedra de las telecomunicaciones. De ahí el fugaz apogeo de este negocio, que ya reposa en el santoral de los oficios extintos. Pero llegó el siglo XXI con su guerra a muerte entre operadores, y entonces el minuto a doscientos pesos le dio paso a los planes ilimitados a precio de huevo.
Antaño las plazas eran puntos de encuentro anclados en el corazón de la ciudad, donde la gente se reunía a tomarse un tinto, oír misa o comprar cachivaches. Allí el lustrabotas era el rey, un conversador de pura cepa con ínfulas de analista político que dictaba cátedra de lo divino y lo humano. Entre sus clientes más devotos se hallaban los ejecutivos de corbata y traje de Arturo Calle, que acudían a la cita dos o tres veces por semana. Algunos daban migas de pan a las palomas arracimadas alrededor de la fuente, y una vez satisfecho su altruismo aviar se apoltronaban en los bancos a leer el periódico; inflamados de vanidad intelectual: pontífices tropicales en olor de herejía, aguardando la extremaunción del betún en sus sillas vaticanas, ávidos de lucir sus zapatos tan relucientes como sus egos. La flor y nata de la sociedad se rendía ante aquel alquimista del cuero, el mago que con sus manos conjuraba la asimetría entre el amo y el servidor: la transmutación del plebeyo en noble. Un poquito de brillo por aquí, otro tanto por acá; el cepillo de cerda se blandía con cadencia musical; el artista honraba su pequeño altar de madera; luego ocurría la epifanía: el aleteo triunfal de la bayetilla, una sonrisa de gratitud y ¡listo el señorito para la foto! Más allá de brindar pulcritud, el embolador oficiaba como consejero, psicólogo, confidente, oráculo y boticario. Pero llegó el siglo XXI con la moda de la indumentaria casual, y entonces las zapatillas deportivas inundaron el mercado, mandando al cuarto de San Alejo a los zapatos de gala… y a los gerentes encorbatados.
Aún no brotaba el alba ni el canto de los gallos rasgaba el silencio, y ya el repartidor del periódico estaba en pie de guerra—rostro recién lavado y camisa de dril impecablemente planchada—, soportando estoico el frío y el ayuno, embebido en su rutina de rezos, encomendando su suerte al Altísimo. Llevaba tenis Croydon de tela para los días calurosos y botas de caucho para los lluviosos. Mientras la ciudad dormía, él velaba como el centinela de sus sueños, portando las buenas y las malas nuevas que habrían de estremecer a la parroquia. En ocasiones se vestía de Michael Jordan para lanzar el rotativo al antejardín o deslizarlo debajo de la puerta, con una precisión casi circense. No importaba la edad para ejercer tan digna labor: un abuelo doblegado por los años o un colegial preñado de inocencia. Ya fuera el viejo o el joven, cada cual atravesaba las calles desiertas en su caballito de acero: ¡un Quijote andino cabalgando a lomos de su Rocinante! O si no a pura infantería, como un peregrino del camino de Santiago expiando sus culpas. Era una travesía bajo una luna que le abría paso al sol, cuyos rayos asomaban como el advenimiento de alguna deidad muisca. Pero llegó el siglo XXI con su fervor por el silicio, y entonces el repartidor fue sustituido sin más por el algoritmo sofisticado que nos permite conectarnos con la actualidad mundial a la velocidad de un parpadeo.
Son muchos los oficios que han sido devorados por el desarrollo tecnológico; otros aún se debaten entre sus fauces—dinosaurios dando sus últimos coletazos—. El progreso se ha tragado al talabartero y su arte heredado, al proyeccionista de cine atrapado en sus rollos de 35 mm, al tranviario con sus manos curtidas por el bronce, al zapatero que no trabajaba los lunes, al tinterillo que redactaba testamentos en su Olivetti y al vendedor de tierra de capote. Y todavía le sobra apetito para engullirse al chepito de sacoleva y sombrero de copa, al sastre enredado en sus metros de lino, a la plañidera y su llanto de dos mil pesos, al telegrafista de pulso prodigioso, al paletero con su neverita rebosante de hielo seco y al repartidor de leche. Y detrás de ellos, al compás de una marcha fúnebre, desfilan el cartero, el amolador, la mecanógrafa, la partera, el ascensorista, el relojero, el fogonero, la telefonista, el chancero, el sereno y el carbonero: vestigios de oficios que hoy descansan en el lecho de algún mar sin nombre, elegías de un pasado que jamás volverá.
