DE LOCURAS Y DELIRIOS: UN VIAJE A TRAVÉS DE LOS INTRINCADOS DOMINIOS DE LA MENTE

Por: @elmagopoeta

Juan Fernando Pachón Botero

En el mundo antiguo, la locura estaba íntimamente ligada a la voluntad de los dioses, y por lo tanto se revestía de un carácter mágico. Bajo aquella lógica absurda, los sacrificios humanos y la oración fervorosa eran los únicos medios certificados para aplacar la ira divina y así conjurar los “males” que se alojaban en la mente humana. Otros preferían encomendarse a Dimpna, la santa patrona de la locura. Luego llegaron los griegos y su maravillosa visión sobre el mundo, lo que les permitió abordar el problema desde un enfoque meramente científico, dejando de lado la superstición y la hechicería. Hipócrates, el fundador de la medicina occidental, fue el primero en vincular al cerebro con el modo de actuar de las personas. Sin embargo, las religiones seguían atribuyéndole a la locura un cariz sobrenatural. Así las cosas, la hoguera, a través del fuego purificador, era ampliamente utilizada en procura de expulsar aquellos “demonios” del cuerpo.

No fue sino hasta el Renacimiento, que los locos dejaron de ser vistos como malignos heraldos de Satanás, para ser tratados como enfermos mentales. Atrás quedaban métodos tan descabellados como las trepanaciones, las sangrías o los exorcismos públicos. Erasmo de Rotterdam en Elogio de la locura hace una crítica mordaz al catolicismo, señalando sus extravagantes y estériles métodos. Después vendría la modernidad, que no siempre es sinónimo de progreso. Florecerían de nuevo, entonces, tratamientos tan irracionales como crueles: baños de agua fría, cepos, hierros calientes y dispositivos rotatorios. En el siglo XX, el advenimiento de los manicomios y la eclosión de la industria farmacéutica contribuyó a una mirada mucho más digna y compasiva, aunque no exenta de reparos. En la actualidad, aún se cierne un oscuro manto de discriminación y desdén alrededor de la locura, pero su rostro se torna cada vez más humano. Así pues, hagamos un breve repaso de la locura y sus múltiples caras a través de la historia.

La reina que enloqueció debido a una pena de amor

Juana I de Castilla, la reina que nunca reinó, estuvo confinada casi medo siglo en una jaula de oro, tras los muros del Palacio Real de Tordesillas, víctima de una pena de amor irremediable, lo que en la literatura médica clásica se conoce como melancolía. Juana, la otrora dócil y angelical niña de tez blanca y cabellos dorados, moría en su lecho real, cubierta de llagas y supuraciones de un hedor indecible, raptada de los brazos de la razón, convertida en un miserable despojo. La altiva y rebelde monarca de antaño pasó a ser una caricatura de sí misma, una innoble mujer de muy dudosa cordura: la infausta esposa de Felipe I de Castilla llamado “El Hermoso”, que, a juzgar por las pinturas y grabados de la época, en absoluto hacía honor a su chapa, pues no era para nada agraciado ni mucho menos un adonis mitológico. En fin, tal parece que a doña Juana los celos, los malditos celos, dada la promiscuidad desbocada y conducta depravada de su inquieto marido, la arrastraron hacia una espiral de paranoia y sospechas sin retorno, haciéndole perder la sensatez y el sosiego. La historia los recordará como Juana “La Loca”, enferma de amor, y Felipe “El Hermoso”, no tan hermoso, pero sí todo un patán. No obstante, cabe la gran posibilidad de que Juana de Castilla fuera injustamente condenada al ostracismo por sus coetáneos. En dicho sentido, varios historiadores señalan que era una mujer independiente y autónoma, dueña de sí misma, en una época donde no se toleraban tales licencias, razón por la cual fue acallada y recluida por su propio padre, hecho que dio lugar a todo tipo de especulaciones y conjeturas respecto a su salud mental. ¿Qué es cierto y qué es leyenda negra? Todo ha quedado sepultado en las arenas del tiempo.

La emperatriz que perdió su cabeza por culpa del sexo

Una forma velada de locura es la ninfomanía, vicio que eleva el sexo a la categoría de desorden psiquiátrico, cuya máxima exponente bien pudo haber sido la emperatriz Mesalina, la augusta meretrix, epítome de la lujuria y el placer inmoderado. Además de sus calidades eróticas, también se hizo célebre por ser la esposa de Claudio, el denostado emperador romano que supo emanciparse de su cojera, aspecto enfermizo y tartamudez severa, erigiéndose como uno de los más eficientes administradores de las arcas del Imperio. Pero contra lo que nunca pudo lidiar fue con el voraz apetito sexual de su bella y concupiscente esposa, la cual no perdía oportunidad de lanzarse a los brazos de una pléyade de amantes. Y no contenta con sus citas furtivas, según el testimonio de Plinio el Viejo, la disoluta emperatriz ansiaba elevar la vara de su propia avidez. Para tal fin, retó a la prostituta más famosa y avezada de toda Roma, con el fin de comprobar quién era capaz de satisfacer a más hombres en una sola noche. La siciliana Escila, su rival de turno, tiró la toalla a la mitad de aquella maratón amatoria, mientras contemplaba absorta cómo Mesalina se engullía un macho tras otro, imbuida de una libido sobrehumana. “Esta infeliz tiene las entrañas de acero”, musitó la perdedora al ser llamada nuevamente al ruedo por pedido expreso de la insaciable soberana. Sin embargo, pronto soplarían vientos en su contra: el cornudo emperador, hastiado de tener que soportar el desmedido gusto de su cónyuge por la carne ajena. ordenó a uno de sus centuriones que la decapitase con la espada. Hasta para la impúdica sociedad romana, donde las non sanctas costumbres eran la regla, Mesalina representaba el exceso sin freno.

El filósofo que vivió como un perro

Sin lugar a dudas, la Grecia Antigua fue el escenario propicio para fomentar el conocimiento y el libre desarrollo del ser; una época pródiga en ilustres pensadores y grandes cultores del saber: auténticos transgresores de las normas convencionales. Pero ninguno tan singular como Diógenes de Sinope, “El Cínico”, el hombre que osó desafiar al establishment griego hasta sus cimientos. Para los cánones de la época no era más que un simpático loquito, blanco perfecto de la burla ajena, dado su actuar irreverente y excentricidades a flor de piel, pero visto hoy a la luz de los hechos, su grotesco comportamiento respondía, más bien, a un empeño genuino por rebelarse en contra del statu quo; toda una declaración de intenciones en su cruzada filosófica mediante la cual buscaba enseñar a sus contemporáneos acerca de las bondades de alejarse de los placeres sensuales a través de una vida austera y sencilla. En cualquier caso, Diógenes sí que fue una rara avis, más allá de sus inusuales métodos pedagógicos. Vivía en una tinaja, se alimentaba de las sobras del piso cual si fuera un animal callejero, se masturbaba en plena vía pública sin el menor asomo de pudor y se tiraba ventosidades de manera compulsiva. En verano se revolcaba contra la arena caliente y en invierno se abrazaba a las estatuas cubiertas de nieve. Desde el ágora lanzaba sus diatribas más ácidas contra los ciudadanos desprevenidos y ni siquiera en su vejez supo relajar su marcada postura iconoclasta. Se dice que en cierta ocasión, Alejandro Magno, el hombre más poderoso de su tiempo y amo y señor de toda Grecia, interrumpió al sabio, quien se hallaba meditando en su viejo tonel. El gran conquistador macedonio, embebido de megalomanía, le preguntó al anciano filósofo que si podía hacer algo por él, como una muestra de su más sincera y profunda admiración, a lo que éste le respondió con insultante desparpajo: “Sí, quítate de mi vista, que me estás tapando el sol”.

El emperador que le declaró la guerra al dios Neptuno  

Se dice de Tiberio que practicaba todo tipo de perversidades con sus “pececillos” en la isla de Capri. Se dice de Nerón que tocaba su lira sumido en un éxtasis diabólico mientras Roma ardía en llamas. Se dice de Heliogábalo que se prostituía en las tabernas de la ciudad eterna, haciéndose pasar por una dulce doncella. Se dice de Cómodo, hijo legítimo del gran Marco Aurelio, que era un emperadorzuelo desquiciado y cobarde que soñaba con ser un feroz gladiador. En fin, aquella Roma esplendorosa y contradictoria, patria de insignes hombres de leyes y grandísimos constructores, pero también de césares locos y despiadados, ha estimulado la prolífica imaginación de los directores de Hollywood. No obstante, el cid campeador de la locura y el desenfreno, por unanimidad casi absoluta, es Calígula. Nadie hubiera apostado un peso por que aquel afable y tierno pequeño que acompañaba a su padre, el admirado Germánico, en sus campañas militares se terminaría convirtiendo en la encarnación viva de la psicopatía y la maldad: un monstruo capaz de perpetrar los actos más viles. Quizás su condición anómala obedeciera a una cuestión de genes, a un defecto de fábrica, pero su ascenso intempestivo al poder sí que contribuyó a exacerbar ese ánimo esquizofrénico y enardecido. De hecho, sus tres hermanas sufrieron en carne propia los rigores de su depravación incestuosa, entre ellas Agripina, la futura madre de Nerón, otro loco de atar. Pero fue la hermosa Drusila quien se robó su corazón, llevándose la peor parte. Su caballo Incitatus correría diferente suerte, pues era tanto el amor que le profesaba, que hasta quiso nombrarlo cónsul, y como tal le cubría con las más altas dignidades. En sus ratos de ocio se deleitaba violando a las esposas de los senadores, mientras éstos bebían vino al calor de los bacanales. En el clímax de su locura se recubrió de un halo divino al autoproclamarse dios del Imperio y las tropas y declararle la guerra a Neptuno, guardián de los mares, al ver frustrada su invasión a Britania. Murió a los 28 años, apuñalado por un tribuno de su guardia pretoriana, mientras contemplaba un espectáculo teatral a la memoria de Augusto.

El monje loco que se vistió de zar

Grigori Yefímovich, un campesino semianalfabeto venido de la fría estepa siberiana, más conocido en el ámbito popular como Rasputín, quizás sea una de las figuras más icónicas y enigmáticas del siglo XX. Pese a su evidente carencia de cultura y falta de mundo, pudo llegar a manejar los hilos del otrora poderoso Imperio ruso. Por su parte, el zar Nicolas II, regente de la nación, fungía como general de las tropas en el marco de la Primera Guerra Mundial. Más mal no le pudo ir. En su ausencia, Rasputín, monje libertino proclive a los excesos, hizo de la Casa Real un delicioso burdel. Allí, en el hogar de los Romanov, las más encopetadas damas de la alta sociedad acudían a escuchar sus profecías escatológicas y místicos discursos, cargados de un aura sexual y enrarecida, que luego derivaban en escandalosas orgías. Mucho hubo de contribuir en favor de su causa el hecho de haber curado supuestamente la hemofilia del hijo de la zarina Alejandra. Aquella fama de milagroso sanador, sumado a su magnetismo animal, le abrieron las puertas de palacio e impulsó su imagen de hombre santo, especialmente entre un séquito de incautas señoritas. Así, en el fragor del preludio amoroso, y ya al borde del paroxismo, solía invocar a Dios para que se hiciera carne a través del orgasmo. Incluso se especula que la propia zarina pudo dar fe de sus proezas entre sábanas, así como del extraordinario tamaño de su miembro viril. Actualmente, en el Museo Erótico de San Petersburgo, reposa en un frasco la magnífica dote cuyos casi 30 centímetros bien podrían explicar su inusitado poder sobre la voluntad de la emperatriz. No obstante, sus delirios mesiánicos, hábitos licenciosos y talante tiránico terminaron por pasarle factura. Un 30 de diciembre de 1916, el príncipe Félix Yusúpov, en nombre de sus más acérrimos enemigos, puso en marcha el acto final de la gran conspiración palaciega. Sin embargo, Rasputín, eximio artista del escape y las causas imposibles, opuso resistencia cual león herido. Parecía ungido con el don de la inmortalidad. De tal suerte, no surtieron el efecto deseado ni los pastelillos y el vino envenenados con cianuro ni los cuatro impactos de bala sobre su humanidad ni la terrible paliza propinada por sus verdugos. La autopsia reveló que murió ahogado bajo las gélidas aguas del río Neva, luego de haber sido arrojado allí, ¡aún con vida!

El genio pelirrojo que halló en la locura su musa inspiradora

¿Pueden convivir locura y genialidad en un mismo cuerpo? Está claro que sí. Vincent Van Gogh es un claro ejemplo. Su tránsito de niño incomprendido a artista total estuvo regido bajo el influjo de su carácter taciturno e introvertido, salpicado de recurrentes episodios de esquizofrenia. No obstante, descubrió en el arte la mejor forma de desfogar ese temperamento volcánico que le quemaba por dentro. En sus pinturas y trazos, rebosantes de colores y formas, halló el vehículo ideal para dejar escapar su tensión y desazón interior. En su tiempo fue un pintor infravalorado, y así lo evidencian las penurias económicas que padeció a lo largo de su vida; una pobreza franciscana que reñía con la exuberancia y magnífica belleza de sus lienzos. Solía pintar en las noches, atormentado por aquella voz en off teñida de gris. La noche estrellada, una de sus obras cumbre, resume genialidad, embrujo y locura, esa locura que le acechaba como una fiera acecha a su presa, que le susurraba en las noches sin fin. Pero a pesar de su tendencia a caer en un estado maniaco depresivo, Van Gogh buscaba de manera incesante el amor. Casi nunca fue correspondido. De igual modo, tuvo muy pocos amigos. Así y todo, creyó encontrar en Gauguin a su alma gemela, otro genio de la época. Sin embargo, aquella amistad tuvo un abrupto y tempestuoso final, debido a una lucha de egos entre ambos artistas. Luego de aquel incidente, empujado por su propia inestabilidad mental, decidió mutilarse el lóbulo de su oreja izquierda con una navaja Una prostituta llamada Raquel, amiga suya, se hizo acreedora de tan exótico trofeo, el cual le llegó envuelto en un papel. Así pues, Van Gogh solía comportarse al vaivén de su naturaleza bipolar: en un instante le podía estar escribiendo cartas de amor fraternal a su hermano Theo, y unos minutos después, en un súbito rapto de ira, se hallaba profiriendo palabras malsonantes a su vecino de turno. Consciente de su grave estado, se internó en el Sanatorio Mental de Saint Remy de Mousola en 1889. Allí encontró algo de paz y su obra pictórica alcanzó cotas de grandeza. Empero, casi un año después llegaría a la cúspide de su demencia, y resolvió acabar con su vida pegándose un tiro en el pecho. Aunque recientes investigaciones especulan que se trató de un asesinato fortuito.

El noble señor al que se le secó el cerebro de tanto leer

Don Alonso Quijano, un hidalgo pobre y de poca monta pero con ínfulas de noble caballero, más allá de sus virtudes literarias, quizás ha sido el personaje de ficción que más veces ha sido sentado en el diván del psicoanalista. ¿Acaso la psiquiatría moderna espera resolver, buceando a través de su locura poética, el misterio que Cervantes nos legó con su exquisita pluma? Todo ha de quedar en el terreno de las conjeturas. No obstante, muchos han sido los dictámenes aventurados que se han tejido en torno a su figura. Si nos fiamos de la tradición literaria, los libros de caballería socavaron paulatinamente el buen juicio de don Quijote, siendo ésta la versión oficialmente aceptada. Sin embargo, se han lanzado todo tipo de teorías respecto a su enajenación, a veces vestida de cólera, a veces vestida de honda amargura. Los primeros hallazgos médicos hablan de un serio deterioro cognitivo, acompañado de eventos febriles de engrandecimiento y erotomanía. Otros no lo bajan de paranoico con rasgos de bipolaridad extrema. Incluso, hay quienes le han diagnosticado un cuadro avanzado de Alzheimer. Pero la vivacidad de su palabra y ánimo exultante dejan sin piso dicho veredicto. Aún más, recientes ensayos literarios niegan cualquier rastro de locura en él, y en cambio se explayan en describir a un hombre idealista, a un emprendedor romántico que a veces abandonaba su cordura intencionalmente, para acometer lanza en ristre contra molinos de viento, para extraviarse en el amor sumiso y servil hacia Dulcinea del Toboso, para echarse a andar por los polvorientos caminos de la Mancha a lomo de Rocinante, junto con su fiel escudero, Sancho Panza. A propósito, es precisamente este gentil personaje quien se atreve a desvelar el misterio que ha ocupado a psiquiatras y literatos poco acuciosos. En la parte final del libro, nuestro buen amigo Sancho, ya postrado ante el lecho de muerte de su amo y tutor, le reclama en tono lastimero que vuelva en sí, que vuelva a su locura, a su locura impostada, a su locura ajena y lejana.

Ahora bien, ¿quién determina la frontera entre la cordura y la locura?, ¿bajo qué parámetros se establece lo que está bien y lo que está mal en términos de la racionalidad? Es difícil inferir una verdad unívoca y absoluta. Así, quizás si Cristóbal Colón no hubiera avistado tierra en su periplo oceánico, no pasaría de ser un náufrago soñador que fue devorado por el mar en su afán de perseguir una quimera. ¿Y qué tal si Tesla hubiera perdido la guerra de las corrientes contra Edison? Tal vez hoy sería recordado como un científico loco que malversó su prodigiosa inteligencia por andar hablando con palomas. Y si Alan Turing, padre de la computación, no hubiera descifrado el Código Enigma de la Alemania nazi, quizás los libros de historia hablarían vagamente del homosexual inmoral y enajenado que fue incapaz de frenar el avance asesino de la Wehrmacht. Cuenta Heródoto que los indios calatias, pueblo milenario del interior de la India que tenía por costumbre comerse los cadáveres de sus padres, se quedaron horrorizados al enterarse de que los griegos solían quemar a sus difuntos. En este caso, ¿quiénes atentaban contra la norma natural? De seguro, la razón siempre la habrán de tener los vencedores, pues éstos son los que escriben la historia y dictan las leyes y la manera como debe ser entendido el mundo. Si Hitler hubiera ganado la guerra, los campos de concentración hoy serían fastuosos museos, y el Holocausto y la Solución Final, heroicos relatos de limpieza étnica y elevado altruismo. ¿Es entonces la locura un asunto subjetivo? La ciencia – y el sentido común – dice que no, en tanto sea comprobable y medible. Otra cosa muy diferente es que en ocasiones broten espíritus libres con la fina sensibilidad de observar el mundo bajo otro prisma… Bueno, pero no a la manera de la princesa Alejandra de Baviera, quien solía atravesar de lado por entre los vanos de las puertas, ya que juraba haberse tragado un enorme piano de cristal.