De goles, pasiones y mundiales: la Santísima Trinidad del Fútbol

Por Juan Fernando Pachón Botero
@JuanFernandoPa5
No ha existido en la historia estrategia demagógica más exitosa que los espectáculos del Anfiteatro Flavio. Allí, fieras y gladiadores encendían las pasiones de Roma, desde la refinada clase patricia hasta el vulgo empobrecido, todos abrazando una misma fe. La lógica era tan elemental como infalible: el césar se prodigaba en pan y circo para la plebe y, a cambio, el pueblo raso le juraba lealtad eterna, garantizando el orden social y la estabilidad política.
Transcurridos más de quince siglos, del Coliseo Romano no quedan sino las ruinas, pero su legado permanece vivo en los estadios modernos. Ya no se derrama sangre en la arena en nombre del emperador ni se urden intrigas palaciegas; ahora se vierte sudor sobre el césped como ofrenda al balón. Un cuerpo celeste de material sintético osa desafiar las leyes de Newton y ejerce una misteriosa atracción sobre la humanidad: ¡la quinta fuerza fundamental del universo! Cada cuatro años, regida por un inexorable ciclo cósmico, la Tierra se emancipa del Sol para continuar su periplo bajo el yugo de una esfera de 22 centímetros de diámetro y 430 gramos de peso. Pero no nos equivoquemos, esto no es un asunto científico; ¡es una sacrosanta revelación! La única religión sin ateos —como bien lo escribió el maestro Galeano—. Repasemos, pues, algunos de los goles más memorables en la historia de los mundiales —máxima expresión de la liturgia balompédica—, que ya forman parte del Evangelio del Fútbol.
El Evangelio según San Siro: El milagro de Milán (1990)
Recién había caído el Muro de Berlín y Alemania Occidental, a la sazón la tercera potencia mundial, estaba a las puertas de reunificarse con su vecina comunista del este. En la otra orilla, cruzando el Atlántico, Colombia vivía sus horas más aciagas por cuenta del narcotráfico y la inequidad social. En tales circunstancias, diametralmente opuestas, el 19 de junio de 1990 ambas selecciones saltaron al Giuseppe Meazza. De un lado, la disciplina prusiana y la eficiencia burocrática de los pánzers germanos; del otro, el juego coral y la picardía latina de un equipo sin pedigrí. David contra Goliat. El encuentro parecía destinado al empate, pero el azar todavía guardaba una sorpresa. En la agonía irrumpió por el flanco derecho de la defensa cafetera una flecha envenenada disfrazada de jugador —Pierre Littbarski— y profanó la valla custodiada por René Higuita, socavando la ilusión de las huestes de Maturana. Todo parecía echado a la suerte: el colegiado amagaba con llevarse el silbato a la boca, los teutones se aprestaban a celebrar y la afición colombiana rumiaba su honda amargura. Pero todavía quedaba una luz de esperanza. Leonel Álvarez recuperó la esférica y se la entregó mansita al ‘Bendito’ Fajardo —¡más bendito que nunca!—, quien a su vez la cedió al genio de la melena dorada. ‘El Pibe’ vio lo que nadie: un resquicio entre un bosque de piernas, y puso a correr de cara al arco a una pantera que adoptó forma humana. El resto ya es historia patria. Fue el instante más eterno, la embestida más heroica, el gol más gritado.

El fútbol hecho arte: Un gol que bien vale mil oraciones (1970)
Hay equipos que han tallado su nombre en la historia, ganándose un lugar en el olimpo del fútbol. Y luego está el Brasil del 70 con sus cinco ‘dieces’: una máquina de once piezas perfectamente ensambladas, diseñada para brindar alegría. Aquello no era un deporte más; era el arte de acariciar un balón. Pelé, en estado de gracia, trazaba las pinceladas más hermosas sobre un lienzo verde. A su alrededor, una pléyade de virtuosos honraba el Jogo Bonito, elevándolo a cúspides nunca antes soñadas. La galería para exhibir su obra magna fue la final del mundo en el Estadio Azteca ante más de cien mil espectadores. Italia, su rival de turno, que también aspiraba al tricampeonato, ostentaba su arma más poderosa: el catenaccio, un sistema inexpugnable conformado por líneas defensivas de perros de presa y un líbero que les cubría las espaldas ante cualquier embate enemigo. Era el juego definitivo por la supremacía: el asedio incesante contra el cerrojo impenetrable. Dos escuelas antagónicas pero efectivas. La magia de la Canarinha se impuso ante el ímpetu Azzurro por 4-1. El cuarto tanto, un deleite para la vista, selló una victoria incontestable. La jugada comenzó en la propia área de Brasil y dio lugar a una sinfonía de pases. La redonda viajó de pie en pie antes de llegar a los dominios de O Rei, que hizo parecer fácil lo difícil, y con la finura de un orfebre habilitó al espacio a Carlos Alberto, quien emergió como un heraldo de piel tostada para estampar su firma en el gol colectivo más bello en la historia de los mundiales.

La Mano de Dios: De la trampa al mito (1986)
El Estadio Azteca ha sido bendecido por Quetzalcóatl: fue testigo del esplendor de Pelé y Diego Armando Maradona. Ambos levantaron allí la Copa del Mundo, el Santo Grial del deporte rey, coronando el cenit de sus carreras. Aquel partido contra los ingleses fue épico por donde se le mire. Antes del Gol del Siglo vino la Mano de Dios: un acto de malicia callejera fraguado por un maestro del engaño, que allanó el camino a la victoria argentina y dejó una herida profunda en el alma de los británicos. La jugada comenzó con un rapto de genialidad del diez argentino en mitad de cancha, que fue dejando en el camino a varios rivales con su amada de cuero imantada al pie. Ninguno consiguió arrebatarle el instrumento al artista, a excepción del defensor Steve Hodge, quien en un intento vano por conjurar aquel vínculo sacro desvió hacia su propia área el fruto de su herejía. Peter Shilton, casi veinte centímetros más alto que Maradona, se lanzó en pos del balón; pero el Pelusa se le adelantó con su mano izquierda y le robó la cartera en las barbas del árbitro, quien no vaciló y dio por válida la anotación. La jauría inglesa abandonó su proverbial flema y arremetió contra el señor de negro, pero ya no había vuelta atrás: el tablero marcaba el 1-0 a favor de la Albiceleste. Cuatro minutos después, Maradona dejó de ser un simple mortal para convertirse en mito; sacó del frasco de las esencias un gol que quedará grabado para la posteridad. De alguna extraña manera, el fútbol redime de la pena moral al oprimido y le juega una broma cruel al opresor. ¿Justicia poética o caprichos del destino?

La liturgia del juego sagrado: El galope de un santo pagano (1986)
Miles de feligreses congregados en la catedral del balompié mexicano entonaban el canto sagrado; acababan de presenciar el acto milagroso de un santo vivo. Los cronistas deportivos no hallaban el adjetivo que lograra calificar aquel sustantivo hecho verbo: los devotos argentinos proclamaban a su nuevo mesías. No fueron ni uno ni dos ni tres; fueron cinco los ingleses que sufrieron la furia desatada de un sudaca irredento convertido en D10S, un paladín inefable que vengaba a su patria de una humillante derrota —en el marco de la Guerra de las Malvinas—, todavía fresca en la memoria. En aquel entonces, una horda de gurkhas —temibles guerreros nepalíes al servicio de la Corona británica— con el cuchillo entre los dientes arrasó a una inerme legión de bachilleres en tenis, lanzados a la hoguera en contra de su voluntad por los tiranos de una junta militar. Ahora la cosa era a otro precio. La evocación punzante de los rifles de asalto y los aviones supersónicos se cernía como un manto gris sobre el Estadio Azteca; pero esta vez, en lugar de soldados atrapados en el fragor de una guerra asimétrica, había veintidós futbolistas hechizados por una dama veleidosa. Reza la leyenda que un prócer de espíritu indómito se alzó en armas valiéndose de un balón y sus piernas prodigiosas. Y en un galope bajo el influjo de una entidad divina, cual si fuera un potro en fuga atravesando la Pampa infinita, liberó a toda una nación de un dolor clavado en el corazón.

La epifanía del Maracaná: La consagración de una zurda bendita (2014)
La Selección Colombia ajustaba dieciséis años sin asistir a la cita orbital: tres mundiales condenada al ostracismo. En Brasil 2014 cesó la horrible noche. Entendido el fútbol —y las banderas que encarna— como un bien espiritual de los pueblos, asistir a una Copa del Mundo representa un bálsamo en medio de las vicisitudes cotidianas, máxime por estas latitudes tropicales. Cada vez que jugaba la Tricolor, una marea amarilla inundaba las calles. Era la comunión perfecta: los jugadores en el campo exhibían sus dotes y los espectadores en la tribuna, o a miles de kilómetros frente al televisor, les rendían tributo como si fueran semidioses. Luego de sortear con solvencia a Grecia, Costa de Marfil y Japón, el equipo de Pékerman se instaló en octavos de final para enfrentar a la siempre aguerrida Uruguay, una selección de rancio abolengo. Aquella tarde, el público en el mítico Maracaná asistió a la consagración de una estrella en ciernes. Lo que sigue es cine puro, en vivo y en directo: James Rodríguez recibe un balón de Abel Aguilar, quien intercepta con un sutil testarazo un despeje fallido de la zaga charrúa. El joven volante lo amansa con el pecho, gira sobre su propio eje, divisa el panorama, calibra su mira y lanza un obús que impacta la parte inferior del travesaño del arco resguardado por Fernando Muslera; la pelota pica justo detrás de la raya e infla la red. El país del Sagrado Corazón, urgido de inventar redentores, estalla de júbilo y se entrega con fervor al santo oficio de la parranda.

En un universo de posibilidades tan vasto, la memoria suele ser traicionera. Sin embargo, espero haber tocado algunas fibras sensibles. ¿Cómo no evocar el sombrerito que antecedió la volea de un Pelé aún adolescente ante el anfitrión en la final de Suecia 58? ¿ O la corrida endiablada del saudí Saeed Al-Owairan —un hijo del desierto disfrazado de Maradona— ante Bélgica en USA 94? ¿O el vuelo imperial de Robin van Persie ante España en Brasil 2014? ¿O la tijereta acrobática de Manuel Negrete ante Bulgaria en México 86? ¿O el gol olímpico de Marcos Coll para batir a la Araña Negra, guardián del arco soviético, en Chile 62? ¿O el control exquisito in extremis de Dennis Bergkamp para mandar a casa a Argentina en Francia 98? Entonces surge la pregunta fundamental: ¿qué es lo que hace tan atractivo a este deporte y lo encumbra por encima de otras disciplinas? ¿Será su arraigo en la cultura popular, contribuyendo a forjar una identidad nacional?, ¿o será su naturaleza impredecible, que reviste lo ordinario de epopeya?, ¿o su capacidad de despertar los sentimientos más viscerales y contradictorios, cuyo clímax se manifiesta en el gol? El fútbol es al sexo como el gol al orgasmo. Cuando el balón cruza la línea de meta, se desata la tormenta perfecta y nos incita a la locura. La razón pierde su soberanía sobre cada músculo y latido. El frenesí nos toma cautivos y se instaura la dictadura del caos y la pasión desbordada. Pero tras el huracán sobreviene la calma: un mar de placer. El cerebro recibe su recompensa —la droga que demanda— y, una vez satisfecho, ¡bienvenida la próxima dosis de dopamina!
