Cuán vulnerables somos


Por Juan Fernando Pachón Botero
@JuanFernandoPa5

No bien el hombre primitivo bajó del árbol, tuvo que hacer frente a los peligros de la sabana africana. Fue un proceso paulatino de millones de años de ensayo y error, conforme las condiciones climáticas y ambientales iban favoreciendo la formación de llanuras abiertas, en detrimento de los bosques densos que otrora poblaban el continente, lo cual derivó en la postura erguida de nuestros ancestros bípedos, que nos define como Homo sapiens.

Este hito fundacional de la evolución permitió divisar a lo lejos a los depredadores que los acechaban, así como a las presas que integraban su dieta; sin embargo, aquellos homínidos continuaban expuestos a las inclemencias del agreste paisaje. Luego buscaron refugio en las cavernas y, tras domesticar el fuego, dieron un salto exponencial en sus posibilidades de medrar como especie. Con todo, la amenaza del entorno natural siempre estaba latente —como una espada de Damocles que pendía sobre ellos y los demás animales—, más aún sin la ayuda tecnológica que se tiene en la actualidad. En aquel entonces, solo contaban con su instinto de supervivencia y una inteligencia marcadamente superior a la de otras especies, lo cual no es poca cosa.

Si bien nuestro sofisticado cerebro funge como el bien más preciado —gracias al cual desarrollamos herramientas novedosas, inventamos el lenguaje y la escritura y fundamos civilizaciones tecnológicas—, no es menos cierto que carecemos de la fuerza física, la resistencia y la velocidad de muchas otras especies. Tales desventajas se hacen más que evidentes dada nuestra ausencia de colmillos, caparazón, veneno o garras. Bajo esa premisa, en una eventual competencia por la supervivencia y el alimento, ya fuera en la jungla, la estepa, el desierto o la alta montaña, estaríamos a la entera merced de los depredadores, así como expuestos a la crudeza del medio. Seríamos un plato muy fácil, además de magro y nutritivo, pues en la pirámide trófica ocuparíamos una posición intermedia. No obstante, la realidad es muy diferente, ya que en virtud de nuestro intelecto notablemente desarrollado, sumado a nuestra capacidad de conformar grupos organizados y a ese elevado sentido de la cooperación mutua, que se alimenta de los relatos y las ficciones colectivas —que nos hermanan como tribu—, hemos logrado ser los amos y señores del mundo, en la cúspide de la cadena alimentaria.

A pesar de nuestro lugar de privilegio, cada tanto la naturaleza nos recuerda cuán vulnerables somos. Basta un leve desplazamiento de las placas tectónicas de la corteza terrestre, un cauce de agua que altera su curso, una corriente de aire que se desata en cuestión de segundos, o un volcán inactivo que despierta de súbito lanzando bocanadas de magma y azufre, para enseñarnos, de la forma más descarnada y terrible posible, lo frágil que es nuestra especie y, en general, cualquier forma de vida medianamente compleja. Aun cuando hoy gozamos de condiciones favorables de presión, temperatura, campo magnético, atmósfera, así como de niveles óptimos de agua líquida y oxígeno —entre otros factores que han propiciado el surgimiento de vida en la Tierra—, este sigue siendo un planeta hostil, pues también se deben considerar agentes exógenos de origen extraterrestre, como el asteroide de 12 km de ancho que impactó en la península de Yucatán hace 66 millones de años y extinguió a los dinosaurios. No lo es al nivel de los otros siete planetas que componen el sistema solar, ni mucho menos al de otras estructuras que surcan las fronteras remotas del universo observable, donde la vida, en el sentido en que la entendemos, no es más que una quimera —hasta que alguna expedición espacial de una civilización avanzada indique lo contrario—.

Al margen de las diversas ventajas evolutivas, siempre hemos tenido que lidiar con la furia implacable de la naturaleza, antaño representada en dioses castigadores. Los pueblos que se asentaron en el delta del Nilo temían a las sequías y plagas enviadas por Osiris; las culturas preincaicas que se establecieron en las escarpadas laderas, a los desprendimientos de tierra provocados por los dioses de la tormenta y el lodo; los isleños del Caribe, al capricho del viento y a la ira del mar; los polinesios, al fuego que escupía la montaña; los aztecas y los mapuches, al brío indomable de la Madre Tierra; y las dinastías que florecieron a orillas del río Amarillo, “El Dolor de China”, a las inundaciones devastadoras que enviaba el dios demonio del agua, Gonggong. Pero también han existido otros peligros, si bien menores, que aun así representan un riesgo para los pobladores. Tras el advenimiento de la revolución agrícola, por ejemplo, los intensos períodos de lluvia y aridez dictaban la suerte de los cultivos y, en consecuencia, la probabilidad de hambrunas. Asimismo, las altas temperaturas en los desiertos o el frío extremo en los polos impactaban directamente la calidad de vida y las costumbres locales de sus habitantes, lo cual no ha cambiado mucho pese a la modernidad que avanza frenética de generación en generación.

En los albores de la humanidad, la única explicación posible ante los fenómenos naturales era la cólera de un ser superior, de cuya voluntad divina dependía el devenir de los hombres. Los sacrificios y las ofrendas constituían la mejor forma de aplacar el enojo de los dioses, pues, a falta de un modelo racional para entender el mundo, no quedaba más remedio que abrazar el pensamiento mágico. Pero conforme fuimos perfeccionando nuestro conocimiento y el poder de discernir, fue menguando la necesidad de concebir deidades veleidosas y todopoderosas que escapaban de su plano etéreo para intervenir en el destino de los mortales. De este modo, los terremotos, huracanes y erupciones volcánicas migraron gradualmente de los relatos mitológicos revestidos de sacralidad a los libros de ciencia. La interpretación de los hechos se volvió más fiable y sensata a medida que la ignorancia y la superstición iban perdiendo el pulso ante la luz del método científico, pilar del edificio de la razón.

El Diluvio Universal y la destrucción de Pompeya y Herculano son claras muestras del imaginario de su época; uno y otro, extraordinarios sucesos naturales: una inundación masiva sin precedentes en la Mesopotamia y una erupción volcánica catastrófica —la del monte Vesubio en el año 79 d. C.—, respectivamente. Mientras el primer evento, común a diversas culturas milenarias, revela lo incipiente de los procesos cognitivos de las tradiciones antiguas a través de un exacerbado simbolismo místico, el segundo refleja la dicotomía entre el progreso intelectual y la visión cosmogónica del mundo clásico: la eterna lucha del buen juicio frente a la atávica costumbre de adjudicar culpas a entidades sobrenaturales. En cualquier caso, no parece una buena idea desestimar el poder inconmensurable de la naturaleza. No hay tecnología de vanguardia que doblegue al Leviatán que habita en ella, ni los más notables logros de ingeniería, ni las teorías más complejas de la mecánica cuántica; nada de lo que el ser humano presuma en su infinita arrogancia. A escala cósmica, no somos más que un grano de arena barrido por el mar.

Ante este panorama asolador, el único antídoto probado frente a la crisis planetaria es procurar el máximo respeto por el medioambiente. Prueba de ello es que el calentamiento global ya está ocasionando el deshielo de los polos y el derretimiento de los glaciares en el Himalaya. Asimismo, la deforestación sistemática e indiscriminada de los bosques y el mal uso de los suelos están provocando grandes deslizamientos en zonas pobladas, además de acelerar una erosión que se traduce, a mediano plazo, en sequías y hambrunas. Por su parte, el fracking —una práctica cada vez más extendida— también suscita riesgos severos, tales como la contaminación de acuíferos, la liberación de metano a la atmósfera y la sismicidad inducida. Si bien a causa de esta última se suelen registrar, a lo sumo, pequeños movimientos telúricos de magnitud entre 1 y 3, ya se cuenta con el precedente de un sismo de 4.0 en Texas (2018). Aunque la hipótesis de Gaia —que plantea que la Tierra es un superorganismo con su dinámica propia— carece de todo rigor científico, debemos ser conscientes de las serias implicaciones que acarrean nuestras malas prácticas ambientales y hábitos depredadores en torno a nuestro hogar: ese pálido punto azul que orbita alrededor del Sol. Seremos tan vulnerables como responsables seamos con la gestión de los recursos que tenemos a nuestro cargo; una empresa titánica, dados los antecedentes históricos.

Una cuestión es la especie humana y otra muy distinta el universo —expresado en términos de materia y energía—, gobernado por las cuatro interacciones fundamentales. Existe una ley inapelable en la naturaleza que determina el fin de todo, desde un organismo unicelular hasta un supercúmulo galáctico: la ley de la entropía, la tendencia inherente de un sistema al desorden y la aleatoriedad; un destino inexorable hacia un estado de energía inservible. El Sol, por ejemplo, transita ya la mitad de su vida; aún le restan unos cinco mil millones de años de constante fusión nuclear de hidrógeno en helio. Cuando nuestra estrella agote dicho ciclo, cuya presión la propulsa hacia afuera, su colosal fuerza gravitatoria, que la empuja hacia su propio centro, no podrá ser compensada, rompiéndose así el equilibrio hidrostático. Primero se inflará como un globo y se irá transformando en una gigante roja a medida que pierde su masa. Durante esa expansión monstruosa, la Tierra se enfrentará a dos únicos escenarios posibles: en ninguno saldrá indemne. O bien será engullida por una esfera inmensa de plasma, o bien será expulsada a errar por el espacio como una roca estéril, dado el debilitamiento de la atracción gravitacional entre ambos cuerpos. Sea cual fuere su suerte, nuestro hogar dejará de albergar cualquier forma de vida, y el Sol terminará sus días convertido en una enana blanca: un remanente estelar condenado a vagar a través de la Vía Láctea cual cadáver cósmico. Quizá para entonces ya habremos conquistado confines lejanos y podamos huir de la vorágine. O tal vez, muchísimo antes, algún tirano loquito ya haya hecho el trabajo sucio de presionar el botón.