De novenas navideñas y otras parrandas
Por: Juan Fernando Pachón Botero

@elmagopoeta

El pesebre, en un costado de la sala, luce tan pastoril y coqueto. Sin embargo, las proporciones geométricas y las escalas de tamaño atentan contra toda lógica. Así las cosas, sobresale un bebé rozagante y regordete, de penetrantes ojos azules, que aventaja en tamaño a toda la fauna doméstica del establo, incluso a las casitas aledañas y a la estrella que ilumina su lecho en tono de santidad. Pero no es para menos, estamos hablando del mismísimo primogénito del Creador divino.

¡La realeza celestial! A su alrededor, un coro de alborozados parroquianos, tan desafinado como fervoroso, entona con sumo entusiasmo un variado repertorio de himnos y alabanzas arcaicas que ensalzan el espíritu de la natividad, ¡el sacrosanto alumbramiento!, a la par que agitan sus panderetas y maracas artesanales, imbuidos en una vorágine rítmica que promete terminar en frenético bailoteo. Aquella poética escena es conjurada por un niño hiperactivo, que se adentra en el pesebre a patear sin misericordia al recién nacido, a los pastores, al burro y al buey, y a cuanto rey mago ose atravesársele en su estampida navideña. En un rincón del recinto, agazapados, balbucean un grupo de adultos en son de fiesta, que prefieren brindar con aguardiente tapa roja, a razón de un trago doble por cada villancico.

A propósito de cánticos, invocaciones y villancicos impronunciables, dejando de lado su marcado acento ceremonial, no hay forma musical con estribillos más confusos. Reto a que alguien me diga qué significa a ciencia cierta (con certificado de la RAE, si es del caso) la expresión “tutaina tuturumá tutaina tuturumainá” o “antón tiruriruriru antón tirurirurá”, pues circulan en Internet variopintas y descabelladas explicaciones para nada satisfactorias: que una monja bogotana se los inventó, que tuvo su origen en una remota y escarpada población de los Andes peruanos, que los compuso el Espíritu Santo en una parranda con los arcángeles, en fin. Para que quede claro, significa lo mismo que el “Güepajé” y el “Ay hombe” de los vallenatos ancestrales o el “Ilari lari e” de Xuxa, la exuberante ex novia de O rei Pelé. Y qué decir del famoso coro siete: “Rey de las naciones, Emmanuel preclaro, de Israel anhelo pastor del rebaño, …”. Que tire la primera piedra quien, de niño, no haya pensado que allí se refieren al señor Emanuel de apellido Preclaro, de los distinguidos Preclaro de la aldea de Belén, en la antigua Jerusalén, por decir cualquier tontería.

Pasada la hora de los “zagalillos del valle” y el “burrito sabanero”, a darle gusto al estómago como la Biblia bien manda. Y Dios dijo: “Hágase el buñuelo”. Y al ver la soledad de éste, sacó de sus entrañas harinosas a una tierna y acuerpada natilla”. Y luego el Altísimo, satisfecho por su excelsa obra culinaria, dio por terminada aquella sacra unión con un vigoroso mordisco, que retumbó en todos los cielos y los mares. A los católicos de hueso colorado, antes de que me declaren hereje y me lancen a la hoguera, ahí me perdonan la ocurrencia. En cualquier caso, el buñuelo es a la natilla como el Quijote a su fiel escudero Sancho, como la uña a la mugre, como los borrachitos de cantina a las amables coperas. Sin lugar a dudas, es uno de los matrimonios más icónicos y estables de la gastronomía navideña. Por lo general, la relación es de dos buñuelos – de escaso tamaño y grato sabor – por una porción de natilla. Pero casi siempre, dos nunca es suficiente, ni tres ni cuatro ni cinco, y los comensales van a por más, como dirían los españoles. ¡Joder!

Como su raíz etimológica lo indica, la novena navideña implica nueve días de comunión familiar, de regocijo entre los miembros de una comunidad, de recogimiento, de paz interior, de profunda reflexión. Pero para un niño significa, más allá de cualquier consideración de índole religiosa, una oportunidad única de gozarse la vida, de estrechar los lazos de amistad con los amigos del barrio, de fortalecerse en la unión familiar, de jugar, de correr, de reír, de hacer travesuras. Así pues, la cereza del postre suele llegar con la última novena, donde se acostumbra brindar presentes sencillos, que no representan mayor valor monetario, tales como una harmónica, una pelota de carey, un muñeco de Iron Man adquirido en el mercado negro (es decir, chiviado), o un par de medias de tela barata. El hecho es compartir esos mágicos momentos con los amigos y seres queridos. En mis tiempos, no tan remotos, ya terminada la novena, la muchachada se aprestaba a elevar globos hacia lo alto del cielo o a buscar al niño Dios por toda la casa, previamente escondido por la abuelita o la tía monja en un lugar secreto. Al afortunado ganador se le otorgaba una recompensa de mil pesos o menos, siempre y cuando no hubiesen tumbado el arbolito en la trepidante correría. Los más arrojados, cuando aún no era penalizado por el código policial, lanzábamos totes y papeletas a lo largo y ancho de toda la calle. Irresponsables que solíamos ser los de nuestra generación. Pero ah bueno que pasábamos.

Y ahora sí, va llegando el momento de cambiar de memoria USB: de “vamos pastores vamos …” a “Adonay, por qué te casaste Adonay …”. Aunque suene paradójico, el gran problema que enfrenta la celebración piadosa de la novena (y de la Navidad en general), según el rigor que sugiere la ortodoxia eclesial, es que nos pilla en pleno diciembre, mes de la pachanga y el jolgorio por antonomasia, más aún por estos parajes tan tropicales. En ese orden de ideas, muchas familias se toman muy a pecho eso de las novenas a la usanza rumbera. Hoy en mi casa, mañana en la tuya y así se van turnando unos y otros. La rutina y las viandas varían según el gusto y el bolsillo del anfitrión, pero ya entrados en gastos, ¡a azotar baldosa con Guillermo Buitrago y el loco Quintero!, y a esculcarse los bolsillos a ver quién aguanta más en el etílico arte de empinar el codo. Y como en las mejores familias, no ha de faltar el venerable borracho que se vaya a dormir al pesebre, junto a Melchor, Gaspar y Baltazar, y deposite, de paso, sus jugos gástricos sobre el Mesías en ciernes.

La novena decembrina es una costumbre exclusiva de Colombia, Ecuador y parte de Venezuela (¡la otrora Gran Colombia en pleno!), lo que nos hace acreedores al pintoresco título de países con la Navidad más larga – y bailada – del mundo entero y todos sus alrededores cósmicos, pues para el resto de mortales es cosa de un solo día (el 24 de diciembre). Aunque cabe señalar que en la Roma precristiana (y estos muñecos sí que sabían de fiestas y bacanales), recogiendo elementos de antiguos ritos celtas, se celebraba algo muy similar, las saturnales, festividades en honor al dios Saturno, fundadas en el arraigo popular del Sol Invictus (culto religioso hacia una divinidad solar), las cuales se extendían desde el 17 hasta el 23 de diciembre. De hecho, fue éste el verdadero origen de la Navidad, tal y como la conocemos ahora, pues en épocas de Constantino I (siglo III d.C), primer emperador romano que abrazó la cruz como símbolo de fe, dicha fiesta pagana se sacralizó, haciendo coincidir el nacimiento de un supuesto ungido divino, quien vendría a la Tierra a redimir nuestros pecados, con el Solsticio de invierno (el día más corto del año en el hemisferio norte), la piedra fundacional que derivó en la tradicional festividad decembrina. En los círculos científicos más refinados, prefieren conmemorar el natalicio del “mesías” de la gravitación universal y padre del cálculo infinitesimal (con el permiso de Leibniz), San Isaac Newton (25 de diciembre de 1642, Inglaterra). Pero volviendo a las novenas del siglo XXI, no todo puede ser carnaval y diversión, pues también hay familias que profesan una severa devoción rayando en el fundamentalismo religioso, ¡que las hay!, las cuales se acogen al pie de la letra a la disciplina monacal. Hay que decir que son las novenas más insufribles de cuantas hay: a cantar, a rezar y para la casa otra vez, a palo seco, ni un confitico siquiera, a duras penas un vaso de agua. Eso sí, el pesebre ocupa todo el ancho de la sala y el comedor juntos, en donde comparten privilegios el Niño Dios, los tres reyes magos, Papá Noel y todo el santoral del Antiguo y Nuevo Testamento. En algunas ocasiones, el cura de la parroquia oficia la novena vestido con su mejor sotana, y hasta se aventura a llevar agua bendita para impartir a los asistentes. Se han visto casos que empatan novena con rosario, y otros que siguen de largo hasta los mil Jesuses y quién sabe qué otras deliciosas letanías. Con el perdón del bebé sagrado, me quedo con las otras, las novenas de barrio, las que desembocan en sacrificio porcino, la Navidad de los pobres, como dice la canción, donde se reparten hojuelas y chicharrón de treinta patas, la de los niños gritones, las primas gordas y una que otra señora de bigote bien peinado.